Argentina y la hora de la consolidación

Argentina y la hora de la consolidación

Descontado que a una Selección Argentina jamás debe dársela por derrotada en la víspera, a la hora de hacer una evaluación necesariamente provisoria destacan una noticia buena y una mala.

La buena: los números cierran, en las Eliminatorias Sudamericanas y en los 27 partidos de un ciclo de Lionel Scaloni que cursa su tercer año.

La mala (o la no tan buena): el perfil del equipo, eso que a grandes rasgos se da en llamar “identidad”, todavía está por verse y en la formación titular, salvo excepciones, son pocos los inamovibles.

En los momentos de marea alta, el seleccionado argentino es un boceto convincente y en los momentos de marea baja una especie de garabato.

Pero de lo que se trata, al fin de cuentas, es de entender, o del intento de entender tomada la debida distancia de sendos discursos que emanan toxicidad: el de los alborozados defensores de “la idea” (sobreexcitadas correas de transmisión más menottistas que el propio Menotti) y el de los contreras crónicos que impugnan hasta el color de las camisetas que emplean los futbolistas.

Y la verdad es que hasta donde se sabe la Selección no perfila ese tinte coreográfico que deducen algunos cada vez que logra plasmar un buen nivel de juego (sobremanera por la fluidez que nace de los pies de Leandro Paredes), ni tampoco es el más desangelado del barrio cuando desnuda anarquía en el medio campo, tibieza, despistes defensivos y tono general de equipo del montón.

Ha tenido, tiene (a juzgar por las imágenes más cercanas: con Chile en Santiago del Estero y con Colombia en Barranquilla), un poco de cada cosa y cada una lo suficientemente nítida como para inclinar la balanza de un juicio categórico.

En ese contexto no les falta razón a los que aluden a la metódica tarea que lleva adelante Scaloni en materia de renovación.